LAS INFLUENCIAS DE HTO: JOHN CARPENTER

“¡De mayor quiero ser John Carpenter!”. Quien haya tenido la mala suerte de compartir un debate cinéfilo con un servidor habrá oído en un momento u otro tal aseveración. Sí, es cierto, John Carpenter me pone. Es algo así como el tío guay que te traía regalos cuando eras un niño, te llevaba al parque de atracciones cuando tus padres se negaban, y te daba a probar la primera birra de tu vida. Es imposible no querer a John Carpenter incluso cuando vaguea y te hace un mojón de película.

Muchas son las cualidades de John Carpenter como director (entre ellas, su maravilloso uso del Scope, lo que lo convierte en una rara avis dentro de la serie B), pero seguro que hay mayores expertos cinéfilos que yo para cantar las excelencias técnicas del director norteamericano. En estas breves líneas, me gustaría dejar constancia de tres aspectos 100 % carpentenianos que han influido de manera consciente o inconsciente en HTO. El legado de Henry Bobson y que tanto valen para el séptimo arte como para la literatura.  

John Carpenter es un tipo sin prejuicios. Carpenter no necesita coartadas para contar historias, ni tiene tentaciones de arroparse en postulados falsarios y graves para dar un mensaje. Carpenter crea para divertir y todo su mundo interior genuino e intransferible nace de la manera tan personal que tiene de hacerte pasar un buen rato. No hay más. Eso es algo que admiro de él y que, ojalá, se haya visto reflejado en HTO aunque yo no tenga el talento de tan insigne cineasta.

John Carpenter es un outsider. Y tal definición vale tanto para su forma de producir películas como para entender su visión política y social del mundo. Carpenter ha coqueteado con la industria de Hollywood, pero siempre desde la periferia, mirándose el negocio con esa pose irónica que le es tan propia. Podría ser mucho más rico de lo que es y, sin embargo, ha preferido sacrificar producciones de altos vuelos si con ello salvaguardaba su libertad creativa. A Carpenter no le gusta lamer botas, y no las lame. ¿Cuántos podemos decir lo mismo?

John Carpenter es, sobre todo y ante todo, un creador honesto. Entiéndase esa honestidad no como una cualidad íntima (no me interesa en lo más mínimo su vida personal), sino como un principio básico de su arte. Las obras de Carpenter son como un libro abierto: te plantean en menos de diez minutos hacia dónde se dirigen y qué pretenden conseguir. No hay trampa ni cartón. Y eso vale para obras maestras como La cosa (The Thing, 1982) y para porquerías como Christine (1983). O lo tomas o lo dejas. O te gusta o lo odias. John Carpenter es único y no pretende agradar a todo el mundo. Si HTO pudiera verse impregnada (aunque fuera sólo tangencialmente) de esa honestidad, me daría por satisfecho.

“¡De mayor quiero ser John Carpenter!”. Lo sigo deseando como cuando era un adolescente. Eso, probablemente, suponga dos sentencias sin posible apelación: una inmadurez insoslayable y un idealismo congénito trufado de sarcasmo disimulado. No es un mal diagnóstico cuando empiezas a tener una edad.     


BEN MARTIN



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